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Palabras de aceptación del Honorable Lee H. Hamilton. Sociedad Histórica del Capitolio de los Estados Unidos, 3 de noviembre del 2005

 

Buenas noches. Es un privilegio para mi aceptar el premio Freedom Award de la Sociedad Histórica del Capitolio de los Estados Unidos. Me siento particularmente honrado de recibir un premio que se centra en el papel que cumple el Congreso para defender la libertad en América.

Le tengo una gran estima a la Sociedad Histórica del Capitolio de los Estados Unidos—así como a Ron y sus colegas. Su organización cumple el papel vital de educar al público sobre la historia y el papel que juegan el Capitolio y el Congreso en nuestra democracia representativa.

Si no aprendemos nuestra historia, no sabremos quienes somos. Hay pocas cosas que sean más importantes para un americano que conocer la sólida historia americana: el testimonio completo, transparente y sin tapujos de nuestros éxitos, nuestros fracasos, nuestros ideales, nuestras fallas, nuestro progreso, y nuestros héroes.

Para aquellos de nosotros conectados con el Congreso y el Capitolio, hay pocas cosas que sean más importantes de conocer que la historia de ese magnífico edificio y de los hombres y mujeres que han pasado por él.

Como dijera Jefferson, el Capitolio de los Estados Unidos es un “templo dedicado a la soberanía del pueblo”. Al educarnos sobre esta institución, la Sociedad Histórica del Capitolio de los Estados Unidos actúa como el guardián de la llama de este templo. Yo los saludo por ello.

 

Hablando por el Congreso

Las bromas más brillantes de América han tenido como blanco al Congreso. Muchas veces me parece que en América maltratar al Congreso es uno de los deportes favoritos de todos los tiempos:
H.L. Mencken dijo que, “con la presión adecuada, un congresista podría volverse un partidario entusiasta de la poligamia, la astrología, o el canibalismo”.

Will Rogers dijo que, “el Congreso es una fuente inagotable de diversión, asombro, y frustración”. Aun así, cuenta con esa magnífica estatua ubicada cerca del pleno de la Casa de Representantes.

Cuando estaba en el Congreso, nunca me molestaron este tipo de bromas. Lo que sí me molestaba, sin embargo, era hasta qué punto la gente no comprendía o apreciaba el papel fundamental que juega el Congreso para defender la libertad dentro de nuestra democracia representativa.

Muchas veces me choca cuán pocos son los que defienden al Congreso como institución. ¿Quién habla por el Congreso? De hecho, con frecuencia encuentro que las personas más cercanas a la institución son aquellas que disfrutan más despreciándolo.

Así que estoy contento de que la Sociedad Histórica del Capitolio de los Estados Unidos defienda al Congreso, junto a varias de las personas que se encuentran en este cuarto.
Esta noche quiero abordar brevemente una pregunta: ¿Cómo es que el Congreso defiende la libertad?

1. Representante

Sobre todo, el Congreso defiende la libertad por ser el poder del estado más representativo de los Estados Unidos. De hecho, sin el Congreso no tendríamos democracia representativa.

No existe libertad sin democracia representativa, y no existe democracia representativa sin libertad.
Los Fundadores sabían que la gente era libre solo cuando sus preocupaciones e intereses estaban representados en el gobierno.

“Nosotros, el pueblo” y “consentimiento de los gobernados” no son solo frases para recitar en fiestas patrias. Son palabras a través de las cuales vivimos. Nuestro sistema se basa en la convicción de que la libertad existe solo cuando uno es gobernado con su propio consentimiento, y cuenta con una voz en el gobierno.

Muchos de los electores que conocí a lo largo de las décadas no comprendían el papel fundamental que juega el Congreso como la instancia representativa de nuestra democracia.
El Congreso—con todas sus fallas—es la entidad más representativa del país. Este refleja—aunque sea de manera imperfecta—la grandeza y diversidad de América. Y responde—aunque sea de manera imperfecta—a las esperanzas, deseos y ambiciones del pueblo americano.

Madison mismo sostuvo que en una democracia representativa, “la autoridad legislativa es la que predomina necesariamente”. Para los Fundadores, la pregunta era cómo asegurarse que los puntos de vista de la gente fueran reflejados en el gobierno. La respuesta fue el Congreso.

Madison y sus compatriotas querían protegerse contra la tiranía de la mayoría; querían garantizar los derechos de la minoría y asegurarse de que las pasiones del momento serían enfriadas mediante un debate deliberativo. La respuesta fue el Congreso.

Estaban preocupados porque el poder ejecutivo fuera controlado, porque no hubiera un rey americano. La respuesta fue el Congreso.

Así que optaron por un sistema en el cual la gente llevara sus voces a Washington a través del Congreso. Es por ello que le dieron al Congreso, en e Artículo I de la Constitución, la parte más larga y detallada de la Constitución, el poder de promulgar leyes, recaudar impuestos, formar ejércitos, y regular el comercio. Los Fundadores hicieron del Congreso el brazo principal del gobierno. Y es por ello que hicieron que el Congreso tuviera que rendir cuentas al pueblo.

En suma, es por ello que el Congreso es “el Primer Poder” del estado.
Ustedes y yo conocemos bien las palabras pintadas de manera prominente encima de la entrada a la Casa de Representantes: la declaración de Alexander Hamilton, “Aquí, señor, el pueblo gobierna”.

Ustedes y yo también sabemos bastante bien que el Congreso no siempre le hace justicia a la visión que los Fundadores tuvieron para él. Está lejos de ser perfecto. Pero es una institución necesaria—de hecho, esencial en una democracia representativa.

El gran propósito histórico del Congreso—el propósito consagrado en las palabras de Madison, Hamilton, y otros—no es aprobar un presupuesto o cualquier otra ley; es garantizar nuestra libertad.

 

2. Accesibilidad

El Congreso defiende la libertad,siendo la rama más accesible del gobierno.

Un votante desafortunado con una queja real o fabricada no puede llamar al Presidente, o al Vicepresidente, o al Secretario del Gabinete, o incluso al Subsecretario, pero sí  puede llamar y recibir una respuesta de un Congresista o Senador. ¿Cuándo fue la última vez que usted vio al Secretario de Defensa en una cena comunitaria?

Estoy al tanto de las encuestas que consistentemente muestran que el 60% del público piensa que los oficiales electos no son lo suficientemente receptivos. Pero también conozco los esfuerzos extraordinarios que hacen  los miembros del Congreso para mantenerse en contacto con los votantes.

Y no es fácil. Hoy en día, 435 miembros de la Casa de Representantes representan distritos con un promedio de 650,000 habitantes – algunos con áreas extendidas. Estos miembros viajan a casa para fines de semana largos; son anfitriones de programas con llamadas del público; van a foros y a festivales; dirigen “reuniones ciudadanas virtuales” en Internet; mantienen un amplio espacio en sus horarios para reuniones con los habitantes; y dirigen a su personal en las respuestas de incontables cartas, llamadas telefónicas, mensajes de fax y correos electrónicos que son recibidos día a día.

La verdad es que el Congreso es, de lejos, la rama más accesible del gobierno. Y aún cuando sea difícil mantenerse en contacto con la multitud, no es una carga: El Congreso sólo puede defender la libertad si es accesible para los ciudadanos.

 

3. Independencia

El Congreso defiende la libertad siendo un poder del estado independiente.

Los presidentes reciben la ayuda de poderosos asistentes, que siempre responden a su voluntad. Es poco frecuente encontrar a un asistente capaz de decir “Señor presidente, usted está equivocado” O, como dijo George Reedy: “En la Casa Blanca nadie dice: Señor Presidente - váyase a bañar” 

Los miembros del Congreso no dependen del presidente para su mantener su puesto. Son independientes – libres de darle consejos independientes. Para un presidente, este consejo- usado correctamente- puede ser un recurso fabuloso.

Una vez yo viajaba  con el presidente Clinton en China. En una parada en las afueras de Beijing recayó sobre mí, sin previo aviso, el deber de explicar el sistema estadounidense de gobierno a un numeroso grupo de estudiantes. Hice lo que pude, pero no estoy seguro de haberlo explicado tan bien como debía. Mirando hacia atrás, me doy cuenta de la oportunidad de oro que había sido – explicar de qué se trata el gobierno estadounidense a una cultura totalmente foránea.

¿Y de qué se trata?

Creo que la clave es el equilibrio. Y el balance depende de un Congreso fuerte e independiente- no un Congreso servil para el Presidente.
En nuestro sistema el Congreso debería controlar el poder del Presidente. Debería forzarlo a hablar con una entidad conformada por diversos intereses que representan al pueblo americano, que está – en muchos aspectos- más cerca de éste que él.

En efecto, los Fundadores dieron más poderes al Congreso precisamente porque temían que un Presidente todopoderoso repetiría los errores de un rey. Así, dieron al Congreso un grado de independencia del Ejecutivo  que no es común en otras democracias del mundo.

Algunas personas se quejan de que el Congreso “se mete en el camino”, pero les recuerdo que el Congreso solo puede defender la libertad siendo una legislatura independiente. Y cito una de mis observaciones favoritas acerca de la relación entre el Congreso y el presidente, del ex miembro de la Casa de Representantes Sam Rayburn: “Serví con, no bajo, ocho presidentes”.

 

4. Proceso

El Congreso también defiende la libertad a través del proceso legislativo

La gente con frecuencia se queja de un Congreso que “no hace nada”. En un tiempo en el que el mundo se mueve a la velocidad de la luz, el Congreso se ve atrapado en otro siglo y sigue procedimientos arcaicos.

Los cargos abundan: ¡Estancamiento! ¡Arrastre de pies! ¡Obstruccionismo! La gente no aprecia presupuestos, o  procesos de autorización, o asignación de recursos realizados en la sombra. La gente deplora las maniobras obstruccionistas. La gente no entiende por qué puede tomar años para que las cuentas importantes  pasen por comités,  debates del pleno, comités de conferencia y demás.

Usted y yo sabemos que estos obstáculos están en el sistema por una razón. Nuestro país es grande y complicado. Tenemos muchas diferencias – regionales, étnicas y económicas. Asuntos como los impuestos, el seguro médico, el aborto o las armas tocan emociones fuertes y no es fácil lograr acuerdos al respecto.

Usted y yo podemos plantear varias preguntas:

¿Queremos un sistema en el que las leyes sean aprobadas antes de que se alcance el consenso? ¿Queremos un sistema en el que la visión de las minorías sea aplastada por el apuro de la mayoría? ¿Queremos un Congreso que sea un modelo de eficiencia, o un Congreso en donde las opiniones diversas sean consideradas y se busque el consenso?

La esencia misma del Congreso es la deliberación. El Congreso es – o al menos debería ser- un cuerpo deliberativo.

La mayoría de estadounidenses están familiarizados con el diagrama de cómo un proyecto se convierte en ley. Cuando veo estos diagramas pienso en lo estériles que son. No conjugan la dinámica – la frustración, la excitación, la complejidad, ni la necesidad de esta complejidad, que es necesaria porque la elaboración deliberativa de leyes es lo que nos hace una democracia.

Lo más irritante del Congreso son sus más grandes cualidades. La gente puede a veces quejarse de los procesos, pero se benefician de sus demoras legislativas cuando quieren que sus opiniones sean escuchadas, sus intereses protegidos y sus derechos asegurados.

Pues al final, la democracia es un proceso deliberativo – no un producto. Y el Congreso puede sólo defender la libertad si respeta este proceso.

 

Conclusión

La libertad nos ha sido legada. Pero nosotros no la ganamos, ni fue un simple regalo. Con cada generación, nuestro país hace un trato simple con cada uno de sus ciudadanos: con la libertad vienen deberes, con la libertad vienen obligaciones. La cuestión de la libertad es siempre incompleta. No es, y nunca será, un logro finalizado.

Así que en nuestra democracia, la obligación del Congreso de defender la libertad es un esfuerzo permanente. El Congreso solo puede cumplir con su mandato de asegurar la libertad si:
representa al pueblo fiel y totalmente;
se mantiene accesible para todos y no solo para los poderosos;
mantiene su calidad de poder del estado independiente y equivalente;
y pone en práctica un proceso legislativo justo y deliberativo que garantice que todas las voces sean escuchadas.

Para defender la libertad, los miembros del Congreso deben defender la importancia e independencia de la institución misma, y nosotros debemos alentarlos y ayudarlos para que lo hagan.

De hecho, los miembros del Congreso realizan un juramento sobre la cuestión de defender la libertad. Cuando los miembros juramentan al cargo, prometen apoyar y defender no al presidente o a un partido político, sino a la Constitución, un documento que dice, justo al inicio: “todos los poderes legislativos deben ser investidos” en el Congreso.

Es así como los Fundadores querían que fuera—el poder del estado correspondiente al pueblo, que defendiera la libertad del pueblo.

Quienes apreciamos y servimos a esta institución debemos recordar las palabras de la canción: “Tengo la luz de la libertad. Voy a dejarla brillar”.